En su primera homilía como Obispo de Roma durante la Misa Crismal, León XIV centró su mensaje en la misión, el desprendimiento y el encuentro, resaltando la influencia del legado pastoral de Francisco y la tradición latinoamericana.
Al comenzar las celebraciones del Triduo Pascual, el Papa León XIV presidió la Misa Crismal en el Vaticano y subrayó el profundo significado de la misión cristiana frente a obispos, sacerdotes y fieles. Destacó que la Pascua no solo recuerda la pasión, muerte y resurrección de Jesús, sino que redefine la identidad y el papel activo de la Iglesia en la sociedad actual.
En su reflexión enfatizó que la misión no es una tarea individual, sino una vocación compartida por todo el pueblo de Dios. Resaltó la importancia de la comunión y la corresponsabilidad entre todos los miembros de la Iglesia, y cómo cada persona aporta desde su vocación particular en un vínculo estrecho con la comunidad.
Dirigido especialmente al clero, León XIV recordó que renovar las promesas sacerdotales implica un compromiso concreto con un pueblo eminentemente misionero. Describió a la Iglesia como un cuerpo vivo, guiado por el Espíritu, destinado a llevar consuelo, unidad y libertad a todos.
Un eje central fue la reafirmación de la idea de Francisco sobre una “Iglesia en salida”. El pontífice destacó que Dios consagra a su pueblo para enviarlo más allá de sí mismo y afirmó que la Iglesia debe orientarse especialmente hacia los pobres, oprimidos y quienes viven en la oscuridad, siguiendo el ejemplo de Jesús, sin encerrarse ni replegarse.
Profundizó en la importancia del desprendimiento como condición indispensable para la misión, vinculándola a la “teología del pueblo”, una corriente surgida en América Latina impulsada por referentes como Lucio Gera. Señaló que salir al encuentro implica abandonar seguridades, renunciar a privilegios y asumir riesgos para que el Evangelio se haga presente en cada comunidad concreta.
Además, valoró la riqueza cultural y la historia de cada pueblo, sosteniendo que la fe sólo es auténtica cuando se expresa con las lenguas, símbolos y experiencias propias de cada comunidad. Esta visión, compartida por el papado de Francisco, propone una Iglesia que aprende, escucha y se transforma con las realidades que encuentra.
El Papa también alertó sobre los riesgos de distorsionar la misión a través de prácticas dominantes o intolerantes. Citó el magisterio de Juan Pablo II, quien reconoció errores históricos en el nombre de la evangelización, y resaltó que el anuncio cristiano debe basarse en el servicio, el diálogo sincero y el respeto mutuo.
León XIV afirmó que la misión verdadera requiere humildad y apertura, donde los creyentes se vean como "huéspedes" en diversas culturas. Rechazó toda lógica de conquista y llamó a acompañar los procesos sociales y culturales con sensibilidad y discernimiento.
También abordó la dificultad del rechazo y la incomprensión en el camino misionero. Recordó que Jesús fue rechazado en su tierra y que la cruz es inseparable de la fe, pero afirmó que en esas situaciones la entrega y el servicio pueden generar esperanza y nuevas formas de vida.
Finalmente, invitó a renovar el compromiso misionero frente a un mundo marcado por conflictos y desigualdades, señalando que la Iglesia está llamada a ser testigo de paz y a "difundir el perfume de Cristo" donde imperan violencia y muerte.
Con este mensaje, León XIV no solo definió los ejes centrales de su pontificado, sino que ratificó la continuidad de las líneas pastorales promovidas en las últimas décadas, especialmente desde América Latina, donde la misión, el pueblo y la cercanía siguen siendo pilares fundamentales de la vida eclesial.







