Mientras las selecciones de Argentina y Cabo Verde se preparaban para enfrentarse en el Mundial de Qatar 2022, una historia poco difundida emergió para recordar que ambos países mantienen un vínculo mucho más profundo que el deportivo, anclado en la fe, la cultura popular y la memoria de los humildes.
Más de 6.600 kilómetros separan geográficamente a Buenos Aires de Praia, la capital caboverdeana, pero existe un lazo espiritual que los une desde hace casi cuatro siglos. Se trata de la figura del Negrito Manuel, un esclavo nacido en el territorio que hoy ocupa Cabo Verde, quien consagró su vida al cuidado de la Virgen de Luján, patrona de Argentina y símbolo de la fe popular.
La historia se remonta a 1630, cuando una imagen de la Inmaculada Concepción, que viajaba desde Brasil con destino a Santiago del Estero, quedó milagrosamente detenida a la orilla del río Luján. Los bueyes que tiraban la carreta solo lograron reanudar la marcha al retirar una de las cajas del cargamento. Al abrirla, encontraron la pequeña imagen de la Virgen, y se interpretó que María había decidido quedarse allí. Así nació la devoción a la Virgen de Luján, que hoy congrega a millones de peregrinos cada año.
Entre quienes presenciaron aquel milagro estaba Manuel Costa de los Ríos, conocido como el Negrito Manuel. Había llegado esclavo al Río de la Plata desde Brasil, aunque su origen era Cabo Verde. Su amo, al ver la devoción del joven, le encargó la custodia de la imagen, una tarea que Manuel desempeñó con entrega incondicional durante más de cinco décadas.
Manuel recibía a los peregrinos, relataba la historia del milagro con fe y sencillez, y ayudaba a los enfermos que se acercaban al santuario. Cuando la Virgen fue trasladada a la estancia de Ana de Matos —en el mismo lugar donde hoy se levanta la imponente Basílica de Luján—, Ana pagó para que Manuel permaneciera junto a la imagen. En los registros de aquella transacción, quedó anotado como propiedad de la Virgen de Luján, motivo por el cual él solía decir con orgullo: «Soy de la Virgen nomás».
Manuel falleció en 1686 y actualmente es reconocido como Siervo de Dios, con un proceso de canonización en curso que avanza lentamente pero que mantiene viva su memoria. Sus restos descansan cerca de la Basílica, como testimonio de que mucho antes de que Argentina y Cabo Verde se encontraran en una cancha de fútbol, ya estaban unidos por una historia de fe, servicio y amor a la Virgen, construida desde los márgenes, desde la humildad de un esclavo que se convirtió en custodio espiritual de todo un pueblo.
Esta historia, que trasciende el tiempo y las fronteras, es un ejemplo de cómo la fe popular y el reconocimiento a quienes, desde el anonimato y el sacrificio, construyeron los cimientos de nuestra identidad nacional, merecen ser rescatados y reivindicados.
