Este 11 de septiembre se cumplen 25 años de los atentados que causaron 2.977 muertes y transformaron la política internacional y la seguridad en Estados Unidos. Pero el aniversario no solo invita al recuerdo de las víctimas, sino también a revisar las decisiones que se tomaron en su nombre y que dejaron un saldo de guerras, vigilancia y violaciones de derechos humanos.
El 11 de septiembre de 2001, 19 integrantes de Al Qaeda tomaron el control de cuatro aviones comerciales en territorio estadounidense. Dos impactaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York; uno contra el Pentágono, cerca de Washington; y el cuarto se estrelló en Pensilvania después de que pasajeros y tripulantes intentaran retomar el mando. Los ataques dejaron 2.977 víctimas fatales, un número que sigue siendo la cifra más dolorosa de una jornada que marcó un antes y un después.
Tras los atentados, el gobierno de George W. Bush convirtió la lucha contra el terrorismo en el eje central de su política exterior. Estados Unidos invadió Afganistán en 2001 para combatir a Al Qaeda y desplazar a los talibanes; en 2003 avanzó sobre Irak con el argumento de que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva, que nunca fueron halladas. Esas guerras, presentadas como defensivas, se cobraron cientos de miles de vidas civiles y dejaron regiones enteras devastadas, con un costo humano que todavía no se ha terminado de dimensionar.
Dentro de Estados Unidos también hubo cambios que afectaron derechos fundamentales: se sancionó el Patriot Act, que amplió la vigilancia y las facultades de investigación; se creó el Departamento de Seguridad Nacional y se reforzaron los controles aeroportuarios. Al mismo tiempo, la prisión de Guantánamo y las denuncias de abusos en Abu Ghraib, en Irak, generaron críticas internacionales y se convirtieron en símbolos del desprecio por los derechos humanos que se justificó en nombre de la seguridad.
La guerra en Afganistán se extendió durante casi dos décadas y terminó en 2021 con el retiro de las tropas estadounidenses y el regreso de los talibanes al poder. Al Qaeda quedó debilitada y Osama bin Laden fue abatido en 2011, pero el terrorismo evolucionó hacia estructuras más descentralizadas. Las invasiones no trajeron estabilidad, sino más violencia y un escenario geopolítico aún más complejo.
A 25 años del 11-S, Estados Unidos recuerda a las víctimas de un ataque que reconfiguró las políticas de seguridad, la aviación y las relaciones internacionales. Las secuelas persisten: miles de personas vinculadas a la zona del World Trade Center padecieron enfermedades asociadas a la exposición al polvo tóxico generado por el derrumbe de las torres. Pero también persisten las heridas abiertas por las guerras y las políticas de vigilancia que se instalaron en nombre de la prevención, y que hoy siguen siendo motivo de debate sobre el equilibrio entre seguridad y libertades civiles.
El aniversario encuentra a un mundo todavía marcado por aquellas decisiones. Mientras se multiplican los homenajes a las víctimas, la reflexión sobre el legado del 11-S es inevitable: ¿valió la pena sacrificar derechos y vidas en una supuesta guerra contra el terror? Las cifras y los hechos, como los que aquí se repasan, invitan a pensar que la respuesta es no.








