Por Mariano Borrás – En los últimos años se popularizó un estilo particular de hacer política a través de las redes sociales: dirigentes que denuncian problemas estando en el mismo lugar donde estos ocurren. Videos mostrando montañas de basura, imágenes que señalan calles rotas o escenas de abandono urbano se repiten con frecuencia en los perfiles de numerosos referentes políticos. Esta escena pretende transmitir cercanía con el reclamo del vecino, pero en muchos casos desvela otra realidad: una política cómoda que prefiere la denuncia performática en lugar del trabajo territorial y la búsqueda activa de soluciones.
Esta estrategia se volvió casi un formato de campaña en gran parte de la política antiperonista moderna. La lógica es sencilla: mostrarse como quien “expone” la problemática. Sin embargo, frecuentemente quienes adoptan este rol ocupan cargos legislativos o institucionales diseñados para transformar esas realidades. Así, la denuncia corre el riesgo de convertirse en una puesta en escena pensada más para generar impacto en redes que para impulsar cambios concretos.
El objetivo inmediato está claro: lograr que el vecino se identifique con el reclamo. La indignación funciona como lenguaje ágil en el entorno digital. Pero el problema surge cuando esa narrativa se vuelve permanente y única. Cuando el territorio solo aparece retratado desde el conflicto, la basura o el abandono, el efecto acumulado resulta contraproducente.
Una vecina de La Tablada, Laura, lo describe claramente en una charla con vecinos. Semana tras semana, tras la limpieza de un basural en la esquina de su barrio, el lugar se vuelve a llenar por la falta de conciencia de algunos habitantes que arrojan desechos. Durante ese tiempo vio pasar a varios “influencers políticos” que grabaron videos denunciando la situación, pero «ninguno se dignó a levantar ni siquiera un papel del piso”.
Tampoco, —indica— acompañaron la nota de reclamo que los propios vecinos tramitaron en la delegación municipal para buscar una solución estable al problema. “Vienen, filman, suben el video y se van”, resume.
Incluso menciona que una concejal de La Libertad Avanza grabó un video en esa misma esquina denunciando el estado de la calle, pero nunca presentó un reclamo formal ni se acercó a dialogar con los vecinos que organizaban el pedido. Mucho menos se sumó a las tareas comunitarias que los habitantes realizan periódicamente para limpiar la zona.
Esta escena se repite, a juicio de los vecinos, en otros sectores del distrito. En Villa Celina, la misma concejal ha difundido diversos videos con la mecánica similar: recorrer el barrio señalando problemas y degradando la imagen del territorio, pero sin establecer contacto genuino con la realidad cotidiana ni presentar modelos concretos de solución a corto o largo plazo.
Este modo de intervención política genera una paradoja. En nombre de denunciar problemas reales —que efectivamente existen— se construye una narrativa continua de deterioro que afecta directamente la identidad del territorio.
En distritos como La Matanza esto resulta particularmente sensible. Algunos simpatizantes del PRO y de La Libertad Avanza han replicado esta herramienta de campaña sin advertir sus consecuencias: al mostrar únicamente aspectos negativos de los barrios, consolidan un prejuicio histórico que describe al distrito como un lugar carente de valor o potencial.
El resultado es que, en lugar de fortalecer el orgullo barrial o fomentar la participación comunitaria, se termina reforzando la idea de que La Matanza no tiene nada positivo para ofrecer.
No obstante, quien camine por sus calles sabrá que esa mirada es incompleta. La Matanza también es trabajo, comercio, industria, cultura popular, organización vecinal y miles de historias cotidianas de esfuerzo que no suelen aparecer en videos virales.
La política que aspira a representar una comunidad debe ser capaz de señalar lo que falta sin negar lo que existe. Denunciar problemas es necesario. Pero cuando la denuncia se vuelve el único lenguaje posible, el territorio puede caer en una caricatura de sí mismo.
En tiempos de campañas permanentes y redes sociales, el desafío sigue siendo el mismo: transformar la realidad, no simplemente filmarla.
Mariano Borrás.
Tercera Posición, La Matanza







