Más de cuatro décadas después de la Guerra de Malvinas, el regreso al archipiélago sigue planteando un dilema que va más allá del turismo. Para algunos veteranos, ingresar con pasaporte argentino y someterse al control migratorio de las autoridades que ocupan las islas implica aceptar, aunque sea simbólicamente, una situación que consideran ilegítima. Para otros, el documento es apenas una formalidad que no altera el vínculo histórico, afectivo y político de la Argentina con el territorio.
La discusión cobró fuerza en los últimos años a partir de los testimonios de veteranos y familiares que decidieron volver. Sus experiencias muestran que el regreso puede significar reencontrarse con antiguos campos de batalla, visitar las tumbas de compañeros caídos y recorrer lugares que quedaron grabados en la memoria de quienes participaron del conflicto. Al mismo tiempo, el viaje vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿es preferible no regresar para evitar cualquier gesto que pueda leerse como reconocimiento de la administración británica, o resulta más importante ocupar simbólicamente el territorio con presencia argentina?

Un requisito que nació con el acuerdo de 1999
La obligación de usar pasaporte para entrar a las islas no es nueva. La Declaración Conjunta del 14 de julio de 1999 entre la Argentina y el Reino Unido restableció el acceso de ciudadanos argentinos continentales al archipiélago mediante la presentación de un pasaporte válido durante el período previsto de permanencia. La Cancillería argentina mantiene ese antecedente como parte de los entendimientos alcanzados entre ambos países después de años de restricciones. Sin embargo, ese acuerdo no implica renuncia alguna a la disputa de soberanía, que Naciones Unidas reconoce desde la Resolución 2065 de 1965.
En la práctica, quien viaja debe cumplir los requisitos migratorios establecidos para el ingreso. El pasaporte vigente es el documento fundamental y el visitante queda sujeto al correspondiente control de entrada. Para muchos veteranos, sin embargo, el problema no termina al mostrar el documento: el sello colocado durante el procedimiento migratorio adquiere una dimensión política y emocional, porque las islas continúan bajo administración británica mientras la Argentina sostiene su reclamo de soberanía. En junio de 2025, el Comité Especial de Descolonización volvió a solicitar a ambos gobiernos que retomen las negociaciones, lo que demuestra que el conflicto sigue vigente y que el trámite migratorio es una imposición unilateral que no debería naturalizarse.
Dos maneras de entender el regreso
La controversia quedó reflejada en la postura de la vicepresidenta Victoria Villarruel, quien en octubre de 2025 sostuvo que no ingresaría a Malvinas mediante un pasaporte mientras las islas no fueran recuperadas. Su posición resume la mirada de quienes entienden que aceptar ese procedimiento supone reconocer una autoridad extranjera sobre territorio argentino. Pero existe otra interpretación entre los propios protagonistas de la guerra y las personas vinculadas a la causa: la de que la presencia física, pacífica y organizada de argentinos en las islas es una forma de ejercer soberanía y mantener viva la memoria, algo que las declaraciones simbólicas no logran.
Daysi Rendo Gadea, periodista, viuda del piloto civil del Escuadrón Fénix Carlos “Cacho” María Vergara Ruzo y vinculada a la Comisión Malvinas de APERA, decidió viajar al archipiélago en febrero de 2026 junto a los veteranos Héctor Tessey y Juan Carlos Yorio. El viaje tuvo para ella una dimensión personal: conocer directamente el territorio que su esposo defendió y aproximarse a una historia que durante décadas estuvo atravesada por la ausencia y el dolor. La experiencia modificó su mirada sobre el debate del pasaporte: Rendo Gadea considera que, frente al paso del tiempo y la edad de los veteranos, postergar indefinidamente el regreso puede significar perder la oportunidad de conocer las islas y transmitir personalmente esa memoria.
Su recorrido le permitió observar un territorio que, con los años, desarrolló una infraestructura muy distinta a la de la guerra: nuevas viviendas, caminos y vehículos, además de una población integrada también por personas de diferentes lugares del mundo. A su entender, existe una diferencia significativa entre trasladarse temporalmente como visitante y establecerse en las islas. Desde su perspectiva, un argentino no dispone allí de las mismas posibilidades de radicación, trabajo o adquisición de una vivienda que quienes forman parte de la comunidad establecida bajo la administración británica. Esa asimetría refuerza la necesidad de sostener el reclamo diplomático y, al mismo tiempo, de que los veteranos puedan volver sin que eso se interprete como una resignación.

“Sentí que nuestra presencia incomodaba”
Uno de los aspectos que más impactó a Rendo Gadea fue la sensación de recorrer un territorio cuya historia sigue siendo objeto de disputa. El grupo transitó zonas de combate y pudo observar huellas materiales de la guerra: cráteres, restos y estructuras, mientras los antiguos pozos de zorro dan cuenta de las condiciones extremas en las que combatieron los soldados argentinos. Para la periodista, la presencia de argentinos recorriendo esos lugares tiene un significado político: viajar pacíficamente, conocer el territorio y transmitir lo observado puede contribuir a mantener activa la cuestión Malvinas. Desde esa perspectiva, el viaje no es solo turismo, sino una herramienta de memoria y de transmisión hacia las generaciones que no vivieron la guerra, algo que resulta fundamental para la educación pública y la construcción de una identidad nacional.
La discusión adquiere así un nuevo matiz: mientras algunos consideran que el ingreso bajo las reglas migratorias vigentes es una concesión inaceptable, otros entienden que la presencia argentina sirve para recordar que la disputa sigue sin resolución. La historia demuestra que la soberanía no se declama, se ejerce; y cada argentino que pisa las islas con respeto y memoria está contribuyendo a que el mundo no olvide que ese territorio es parte de la patria.
Juan Carlos Yorio y el regreso al lugar donde combatió
Juan Carlos Yorio, veterano que participó del conflicto como oficial del Ejército, permaneció décadas con la intención de volver. La posibilidad apareció a fines de 2025, cuando se incorporó a un grupo que viajaría en febrero siguiente. Su regreso tuvo un fuerte componente personal: recorrió espacios que había conocido en condiciones muy distintas durante 1982 y reconoció lugares ligados a sus tareas militares. Uno de los momentos más significativos fue encontrar el sector donde había funcionado su puesto de comando, y también observar durante el día caminos y terrenos que en la guerra atravesó en plena oscuridad y bajo el impacto de los combates. La diferencia fue profunda: décadas atrás la visibilidad estaba condicionada por la noche, el clima y las explosiones; esta vez pudo detenerse a comprender la geografía.
El paisaje urbano mostró cuánto cambiaron las islas: Puerto Argentino presentaba más viviendas, caminos y circulación de vehículos. Su contacto con habitantes locales no tuvo episodios de confrontación; incluso fue trasladado por una mujer cuya familia tenía vínculos con las islas, y al saber que Yorio había combatido allí, el encuentro fue cordial. Esto demuestra que la convivencia pacífica es posible y que la presencia argentina no representa una amenaza, sino un reclamo legítimo.

El dilema del sello: ¿trámite o concesión?
Yorio admite que el procedimiento migratorio genera rechazo en muchos veteranos: presentar un documento argentino ante autoridades que ejercen control efectivo y recibir un sello de ingreso puede resultar contradictorio con la convicción de que las islas pertenecen a la Argentina. Pero en su experiencia prevaleció otra consideración: el significado personal de volver. Para él, el documento no modifica la historia ni sus recuerdos; el pasaporte puede entenderse como un requisito administrativo impuesto por la realidad, mientras que la presencia física en el territorio tiene un valor emocional y testimonial mucho mayor. Ese razonamiento resume una de las posturas más habituales entre los excombatientes que regresaron: el trámite puede ser incómodo, pero no debería determinar si un veterano vuelve o no al lugar donde combatió. En lugar de quedarse en el discurso, estos hombres y mujeres eligen estar, conocer y contar.
Miguel Ángel Rodríguez: volver para cerrar una historia
Otro caso es el de Miguel Ángel Rodríguez, que llegó a Malvinas como soldado conscripto. Había realizado el servicio militar en 1981 y fue convocado nuevamente en 1982 para participar del conflicto. Más de cuatro décadas después tuvo la posibilidad de regresar gracias a una iniciativa del Municipio de Merlo. Su experiencia quedó registrada en el documental Malvinas, legado de sangre, dirigido por Daniel Ponce, que reúne testimonios de veteranos de Merlo que volvieron al archipiélago acompañados por familiares. La producción se estrenó en 2026 y recibió previamente el Golden Gate Film Award al Mejor Film Extranjero, un reconocimiento internacional que pone en valor la memoria argentina.
El regreso de los veteranos no es un gesto de rendición, sino una demostración de que la causa Malvinas sigue viva en el corazón del pueblo. Mientras algunos dirigentes se limitan a declaraciones estériles, estos héroes construyen memoria con hechos. Su ejemplo interpela a toda la sociedad: la soberanía se defiende también con la presencia, el recuerdo y la transmisión a las nuevas generaciones.
La disputa de soberanía, reconocida por Naciones Unidas, espera una solución pacífica y negociada. Hasta entonces, cada veterano que vuelve, cada familia que viaja y cada docente que enseña la historia de las islas en las aulas está sembrando la semilla de una Argentina que no olvida sus derechos. La memoria es un derecho humano y un deber patriótico, y los veteranos que regresan son su máxima expresión.






